viernes, 25 de marzo de 2011

Nosotros, los bahienses

Ayer concurrí a mi primer marcha en mi ciudad natal. Mi espíritu coleccionista/taxonomista/perfeccionista me ha llevado a la búsqueda de inicios perfectos. En los inicios, en los primero de /cualquier cosa/ he tratado obsesivamente la perfección. Desde la colección de figuritas, pasando por la construcción de colecciones de objetos y hasta en el inicio de cualquier actividad que lleve adelante. La búsqueda de un inicio perfecto es la condición indispensable para la perfección final. Será que la falta de perfección en el inicio habilita el abandono de la empresa, en fin…

En esta primera marcha en Bahía tuve un inicio cuasi perfecto. El motivo era el correcto, era EL motivo. Condición de posibilidad de la constitución de una vida política aceptable en Bahía era un inicio como este. Si debía asistir a una marcha en Bahía Blanca, esa marcha debía ser contra La Nueva Provincia, mi primera obsesión política (junto con la dictadura) allá cuando tenía 14 o 15 años. Además, lo que lo hace mejor aún, fue absolutamente improvisada, estaba de casualidad en la ciudad, me enteré de casualidad y casi que caminé hacia el centro de la plaza casualmente, con miedo, solo, distante, expectante, para recibir de una simple caminata de dos cuadras lo que no sentí en 27 años de bahiense.

La ida de la ciudad previa a la edad universitaria y mi falta de conocimiento de ese ámbito me alejó también de experiencias de militancia en la ciudad. Todas mis experiencias de militancia se desarrollaron en Buenos Aires.

Llego al centro de la plaza desde una de sus esquinas, escondiéndome en mis bolsillos. La soledad en una marcha siempre fue algo que me fue difícil de llevar. El primer grupo de personas que veo es chiquito, unos 5 o 6 charlando. Identifico a un hombre, alto, de barba, muy alto, grandote, pero de esos grandotes que no intimidan, un grandote de unos 60 con amigable sonrisa, ojos alegres, entusiastas. Lo conozco de cuando iba a los Juicios por la Verdad, cuando tenía 15 o 16 y empezaba a hacer algo por mis inquietudes políticas. Veo una mujer charlando con él y me esperanza la posibilidad de que sea Mirta Colángelo, a quien hace un par de años no veo. No es. Paso por su lado, voy girando en torno al monumento central y apunto a un árbol buscando algún punto de referencia donde no sentirme tan solo. Me apoyo allí, contemplando a la JP y sus banderas y cantos. Que difícil militar en Bahía, pienso. Son 4, pienso. No son 4, son más. Cantan a favor de Cristina, son muy jóvenes. Algunos, tímidos, parecen asistir a su primer marcha militante. Cerca mío un par de chicas de la facultad (que acá se dice Uni). Una de ellas docente, comenta sobre su trabajo, vino en bici. Yo llegué en un Tiida, pienso. “¿Se puede militar con gente con la que se tiene tal diferencia vehicular?”. Tal vez haga falta comprase una bici, consenso.

Partimos de la plaza. Me encuentro caminando en la columna de la JP tras una bandera que dice “Juventud Kirchnerista”. Un poco incómodo por el tag me termino corriendo al llegar a la punta de la plaza. Voy vagando entre las banderas, miro el celular constantemente como único punto de referencia, lugar de encuentro con quienes son parte de mi vida y no están ahora. Solo allí comienzo a buscar comunidad. Me da vergüenza no estar del todo seguro donde está el edificio de La Nueva Provincia. Entre mi falta de orientación geográfica crónica y mi poca familiaridad con el transito cotidiano por estas calles trato de seguir a los co- como sabiendo hacia donde vamos. Veo unas banderitas de 678 y por alguna extraña razón me siento más familiarizado. Alguna vez pensé que una de las pocas cosas lindas que tiene la globalización son los puntos de referencia globales que al ser también puntos locales pueden remitir a la localidad estando al otro lado del planeta. Ya me pasó en Londres, donde me sucedió algo tan estúpido como que un McDonalds fuera lo único conocido, lo único que podía conectar a mi lugar.

Dejamos la calle de la plaza y ahora nos rodean comercios. Los comerciantes, apostados en la puerta de sus propiedades, nos miran. Espectadores de una manifestación, han salido todos a las puertas, todos. Los miro extrañado y comienzo a sentirme parte. No soy ellos, soy estos. Aquí, de este lado, donde hay alegría, donde se camina charlando, cantando, donde un desconocido como yo camina como un compañero, también se es bahiense. Allá, mirando el espectáculo, interrumpiendo la labor comercial por la fuerza, reaccionando como todos esperan, poniendo cara de desaprobación, colocando la marcha en un escenario teatral, cómodos, los otros. Bastó esa cuadra para cambiar la mirada sobre mí mismo, la ciudad y sus habitantes.

Camino junto a un grupo de desconocidos con los que me siento identificados políticamente y puedo visualizar, son carne, frente a mí, a aquellos por los cuales he puteado tanto a esta ciudad, a aquellos por los que tal vez nunca me sentí del todo cómodo en ella, y a aquellos por los que apuré mi salida todo lo que pude.

Comencé como un etnógrafo, terminé siendo parte. Recorrí esas mismas calles en las que me crucé con los vestiditos tantas veces, esos que miran de costado, que se fijan en lo puesto, que tienen padres bien. Recorrí esas calles, las mismas, mismitas, en las que nunca me sentí cómodo caminando. Esas calles en las que aceleraba el paso, esquivando gente, sin mirarlos. Las que recorría como un shopping, intentando esquivar el camino diseñado para ir directo al punto, a comprar una zapatillas, un disco, a tomar el bondi, pasar, entrar y salir.

Esta vez el recorrido se hace cuerpo social, se extiende en colectivo y modifica el paisaje. Me estiro cual goma y soy/somos todos. Una sensación de comunidad que no corresponde a la frialdad del clima, de los transeúntes, de la ciudad. Lo que era caminata aislada, lo que era evitar al otro, se hace cuerpo colectivo, se hace contacto. Los vestiditos siguen allá y acullá. Pero el recorrido es pura extrañeza. Ya no son los que eran. Esas mismas calles donde la sociedad bahiense se reafirmaba a cada paso comienza a modificarse con la irrupción de un nosotros.

Esta nota fue publicada también en el diario Eco Días de Bahía Blanca: http://ecodias.com.ar/notas/vernota.asp?NN=6680

domingo, 31 de octubre de 2010

“Llorar a Nestor Kirchner no es ser kirchnerista”


Texto escrito hace 1 año, en los últimos días de Octubre de 2010.

… le dije a un amigo que sería un buen título para una nota que tratara lo que estábamos viviendo y lo que veníamos charlando en relación a ello. La idea llegó luego de leer un comentario de algunos ex compañeros de militancia que transitan otros caminos decir lo siguiente: "nunca nos pondrá tristes la muerte de un burgués”.
La muerte – y la vida– como tantas otras cosas en el mundo capitalista, tiene valor de cambio. No todas las muertes – ni las vidas– valen lo mismo. Esta idea ya me había quedado clara cuando allá por el 2003 Bumblerg lograba llenar una plaza, aprobar leyes y decir barbaridades haciendo notar que las muertes del norte capitalino eran claramente más caras que las del sur.
Esta subvaloración de la muerte de Kirchner y se denominación de burgues como otro despierta todo un tema entre universitarios de 27 años como yo, mi amigo y mis excompañeros. Se dijo acá que la muerte de Kirchner cierra un ciclo iniciado en el 2001: “el arco sentimental y político de mi (nuestra) entrada a la adultez.” El modo en el que nos empezamos a ver, ya graduados o próximos a, con parejas cada vez más estables, con planes familiares, con algún que otro bien adquirido sobre el que somos propietarios, nos comienza a colocar en un lugar en el que empezamos a reconocer nuestro lugar de pequeño burgués (como si alguna vez hubiéramos dejado de serlo).
Mi compañera de vida me hacia notar a Althusser, cuando no. La relación imaginaria se nos sale por los poros en esta cuestión y es que tal relación puede constituir a mis excompañeros como fervientes creyentes de no pertenecer a la pequeña burguesía, excluirse de ese lugar y calificar a Kirchner como un burgues al que no hay que llorar. El etnocentrismo es, en mi relación imaginaria, la primera reacción y la intento superar escribiendo. Evidentemente yo estoy imbuido de unos tipos de relaciones imaginarias con mis condiciones materiales de existencia que me permiten vivir mediantemente tranquilo de conciencia en mi pequeño aburguesamiento cotidiano y político. Allí, en la comodidad de mis imágenes es donde estoy y desde allí escribo, quiero decirlo.

El afecto
El miércoles a la mañana (27 de Octubre de 2010) me levanté para trabajar (en mi casa) y estaba escuchando la radio, trabajando y twitteando pavadas sobre el censo (@pvlelian). Está particularmente de buen humor, a la espera del censita, pensando incluso que el censo era una de esos pocos eventos en los que uno configura una imagen mental del colectivo nacional al que pertence, uno de los pocos momentos en los que puede imaginar, recorrer y reconocerse en un colectivo extraño, contradictorio y apasionante. En esas andaba hasta que nos enteramos de la muerte de Kirchner. Sencillamente me sentí aturdido, shockeado, triste, confundido. Si bien no he desarrollado una militancia extremadamente activa sí he tenido una posición hipercrítica respecto de Kirchner y el kirchnerismo, sobre todo durante el gobierno de él. No me olvido de lo que he puteado leyendo el Clarin kirchnerista previo al 2007. Es difícil, luego de esta historia personal reciente, encontrarse a uno mismo triste por tal noticia. Pasaban las horas y la disputa estaba en la razón por la cual iba a ir a la plaza. Ir a la plaza para ver, como observador, como cientista social; o ir a la plaza a participar, a llorar, a emocionarse, a ser parte. Y ahí fue cuando sucedió. Las repercusiones me empezaron a impactar: ver mucha gente triste, emocionada, agradecida y que esos sean sujetos que forman parte de una sociedad de la cual yo formo parte comenzó a afectarme de una manera radical. Empecé a entender la tristeza, empecé a comprender que cómo no emocionarse frente a la muerte de un líder político frente al cual tengo mis contradicciones pero que a tanta gente le ha cambiado la vida. Cómo no rendirse ante la evidencia del otro-nosotros, del conciudadano, en la calle, afectado profundamente por la muerte de Kirchner.
En un principio pensé en escribir todo aquello con lo que no estaba de acuerdo del gobierno de Kirchner y el actual, para poder luego reconocer que me afectó su muerte, que me puso triste, que me hizo ir a una movilización luego de mucho tiempo, que me hizo estar fastidioso durante días, molesto, incomodo, que me llevó tal vez por primera vez en la vida a ponerme de manera abierta y desinteresada en la piel del otro, de aquel que lo lloraba, que lo llamaba su líder. Decidí no hacerlo. Decidí no hacerlo porque insulta la inteligencia de cualquiera pensar apoyos absolutos, pensar el dolor como aprobación de lo peor de un tipo, pensar la valoración de lo positivo como un gesto infantil de subordinación radical.
Y ahora vuelvo sobre los que no se ponen tristes por la muerte de un burgués. La enumeración de aquello que el gobierno de Kirchner (y el de CFK) hizo respecto de los DDHH debería bastar para la tristeza. Desde mis relaciones imaginarias esto se ve como un gesto de un nivel de bajeza enorme, el hecho de no reconocer una serie de medidas que su gobierno ha tomado y que tuvieron como resultado la mejora de millones de vidas de los que llamamos compatriotas, compañeros o pueblo. Aunque se crea que la vida propia no ha sido afectada positivamente, aun cuando eso esté lejos o en las antípodas de las premisas políticas que uno pregona: es de un nivel de cinismo importante no pensar en el otro como un sujeto, rebaja a aquellos que reconocen en Kirchner a un tipo que les mejoró la vida, al nivel de objetos inertes que ocupan un espacio porque aun no se dan cuenta que la verdad verdadera está en otro lado.

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